Las aventuras de Huckleberry Finn

Las aventuras de Huckleberry Finn

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Buck dijo que su padre y sus hermanos debían haber esperado a que llegasen sus parientes; los Shepherdson eran demasiado fuertes para ellos solos. Le pregunté qué había sido de Harney y de la señorita Sofía. Contestó que habían cruzado el río y se hallaban sanos y salvos. Me alegré de saberlo; pero ¡hay que ver la de barbaridades que dijo Buck por no haber logrado matar a Harney el día en que disparara contra él!… En mi vida he oído cosa igual.

De pronto, ¡pum!, ¡pum!, ¡pum!, sonaron tres o cuatro escopetas. ¡Los hombres se habían deslizado por el bosque y entrado por el otro lado de los caballos! Los muchachos se tiraron al río, heridos los dos, y, mientras nadaban corriente abajo, los hombres corrieron por la ribera disparando contra ellos y gritando:

—¡Matadles! ¡Matadles!

Se me revolvieron las tripas de tal manera que por poco me caigo del árbol. No voy a decir todo lo que ocurrió, me pondría malo otra vez si lo hiciese. Ojalá aquella noche no hubiera tocado nunca tierra y me hubiese evitado ver semejantes cosas. Nunca podré olvidarlas; muchas veces sueño con ellas.

Me quedé en el árbol hasta que empezó a anochecer, pues me daba miedo bajar. A veces oía disparos en el bosque, y vi dos veces a pequeños grupos de hombres armados pasar galopando delante del almacén de troncos; de modo que deduje que aún seguía el zafarrancho.


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