Las aventuras de Huckleberry Finn

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Luego se levantaba una brisa agradable, que venía del otro lado, que le acariciaba a uno, fresca y refrescante, y traía un olor dulce por los bosques y las flores; pero a veces no era así porque habían dejado peces muertos por allí, sollos y otros por el estilo, que enseguida apestaban una barbaridad.

Y, por último, se encuentra uno en pleno día, en el sol, y las aves canoras cantan a toda voz.

Ya no se notaría un poco de humo, de modo que cogíamos unos pescados de los aparejos y nos hacíamos un desayuno caliente. Y después contemplábamos la soledad del río y hacíamos el vago, acabando por dormirnos. A lo mejor nos despertábamos y mirábamos a ver qué había interrumpido nuestro sueño. Y a veces veíamos un vapor que remontaba la corriente, tan lejos hacia el otro lado del río que no se distinguía nada de él más que si llevaba rueda de paletas lateral o de popa. Después, durante cosa de una hora, no había nada que oír ni nada que ver; todo era densa soledad.

Más tarde se veía una balsa deslizarse por el agua a lo lejos, y tal vez un hombre a bordo de ella, partiendo madera, porque casi siempre se hace eso a bordo de las balsas. Se veía brillar el hacha al alzarse y caer, y no se oía nada. Veía uno alzarse el hacha de nuevo y, cuando ya se encontraba por encima de la cabeza del hombre, llegaba a los oídos de uno el «¡chas!», tanto había tardado el sonido en cruzar el agua.


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