Las aventuras de Huckleberry Finn

Las aventuras de Huckleberry Finn

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De modo que acostumbrábamos a pasar el día haciendo el vago, escuchando el silencio. Una vez hubo una niebla muy espesa y las balsas y embarcaciones que pasaban iban golpeando cacerolas para que los vapores no las embistieran. Un lanchón o una almadía pasó tan cerca que pudimos oír los juramentos y risas de los tripulantes; se les oía claramente. Pero no nos fue posible ver ni rastro de ellos. Se le ponía a uno carne de gallina. Era como si unos fantasmas estuviesen haciendo todo eso en el aire. Jim dijo que él creía que eran espíritus. Pero yo contesté:

—No, los espíritus no dirían «maldita sea la maldita niebla».

Al hacerse de noche salíamos al río; cuando llegaba la balsa al centro la dejábamos ir por donde la corriente quisiera llevarla. Encendíamos nuestras pipas, poníamos las piernas colgando en el agua, y hablábamos de todo. Acostumbrábamos a ir desnudos, de día y de noche, siempre que nos dejaban los mosquitos. La ropa nueva que me mandó hacer la familia de Buck era demasiado buena para ser cómoda y, además, yo no era un entusiasta de la ropa, de todas formas.



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