Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn A veces nos quedaba el río para nosotros solos durante muchísimo rato. Se veían las orillas y las islas también, al otro lado del agua, y, alguna vez, una chispa, que era la vela encendida en la ventana de una cabaña, y a veces también se veían una o dos chispas en el agua, en alguna balsa o lanchón, ¿comprendéis? Y a lo mejor llegaba a nuestros oídos el sonido de un violín o de una canción, procedente de una de esas embarcaciones.
Vivir en una balsa es lo más estupendo del mundo. Teníamos el cielo encima, todo sembrado de estrellas, y solíamos tumbarnos boca arriba, y las mirábamos y discutíamos si habrían sido hechas o si habrían aparecido por sí solas. Me parecía que se habría necesitado demasiado tiempo para hacer tantas.
Jim dijo que las podía haber puesto la luna, del mismo modo que ponen huevos las gallinas. Bueno, eso parecía muy en razón de modo que no dije nada contra ello, porque he visto a una rana poner casi tantos huevos que, claro, no era imposible. También acostumbrábamos a mirar las estrellas que caían y verlas bajar como una centella. Jim decía que se habían averiado y que las tiraban fuera del nido.