Las aventuras de Huckleberry Finn

Las aventuras de Huckleberry Finn

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Por una o dos veces veíamos durante la noche deslizarse un vapor en la oscuridad y, de vez en cuando, vomitaba un mundo de chispas por las chimeneas y las chispas llovían sobre el río y hacían la mar de bonito. Después doblaba un recodo y sus luces temblaban y desaparecían, y se apagaba el ruido de su máquina y el río volvía a quedar silencioso.

Y al cabo de un rato, las olas que había levantado llegaban hasta nosotros, mucho tiempo después de que desapareciera el vapor, y hacían bailar un poco nuestra balsa, y después de eso no se oía nada durante Dios sabe cuánto rato, salvo, tal vez, alguna rana o algún otro animal.

Cuando era más de medianoche, la gente de tierra se acostaba y entonces, durante dos o tres horas, las riberas parecían negras, sin chispas en las ventanas de las cabañas. Aquellas chispas eran nuestro reloj; la primera que volvía a aparecer nos indicaba que se acercaba la mañana, de modo que buscábamos un sitio donde escondernos y atracábamos inmediatamente.

Una mañana, al amanecer, me encontré una canoa y crucé un recial hacia la ribera. Solo estaba a doscientas yardas. Y remé cosa de una milla por una caleta por entre un bosque de cipreses para ver si encontraba alguna fruta.


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