Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn Cuando pasaba por un sitio en que una especie de camino de ganado cruzaba la caleta, aparecieron dos hombres corriendo por el camino tan aprisa como podían. Me creí perdido, porque siempre que olía eso de las persecuciones me parecía que me perseguían a mí, o tal vez a Jim.
Estaba a punto de largarme de allí a toda prisa, pero ya tenía los hombres bastante cerca y me llamaron y me suplicaron que les salvase la vida. Dijeron que no habían hecho nada y que por ese motivo les perseguían. Dijeron también que hombres y perros corrían tras ellos. Querían colarse de rondón en la canoa, pero yo les dije:
—No hagan eso. No oigo aún a hombres ni perros. Tienen tiempo de entrar por la maleza y subir un poco por la caleta. Después métanse en el agua y vengan hasta aquí y embárquense. Con eso los perros perderán el rastro.
Lo hicieron y, en cuanto estuvieron en la canoa, remé en dirección a nuestra cabeza de estopa y, al cabo de cinco o diez minutos, oímos los gritos lejanos de hombres y perros. Les oímos acercarse a la caleta, pero no podíamos verlos. Parecieron pararse y rondar por allí un poco. Después, a medida que nos íbamos alejando más y más, apenas pudimos oírlos.