Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn —Caballeros —dijo el joven con gran solemnidad—, a ustedes se lo revelaré, porque siento instintivamente que puedo depositar mi confianza en ustedes. ¡Por derecho debiera ser duque!
A Jim se le desorbitaron los ojos al oÃr eso, y creo que a mà también.
—¡No! No puede usted hablar en serio —dijo el calvo, repuesto ya de la sorpresa.
—SÃ. Mi bisabuelo, el primogénito del duque de Bridgewater, huyó a este paÃs a finales del siglo pasado, para respirar el aire puro de la libertad. Aquà se casó y murió, dejando un hijo, mientras su propio padre morÃa en la misma fecha, aproximadamente. El hijo segundo del difunto duque se apoderó del tÃtulo y de los bienes… sin la menor consideración hacia el niño, que era el legÃtimo duque. Yo soy el descendiente directo de ese niño… Soy el legÃtimo duque de Bridgewater. Y aquà estoy, desamparado, privado de mi alcurnia, perseguido por los hombres, despreciado por el mundo indiferente, harapiento, gastado, con el corazón lacerado y degradado hasta el punto de ser compañero de criminales a bordo de una balsa.