Las aventuras de Huckleberry Finn

Las aventuras de Huckleberry Finn

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Jim le compadeció una barbaridad y yo también. Probamos de consolarle, pero él dijo que era inútil, no podía consolársele gran cosa. Dijo que si nos sentíamos dispuestos a reconocer su alcurnia, eso le haría más bien que cualquier otra cosa. De modo que dijimos que lo haríamos si él nos decía cómo.

Dijo que al hablarle debíamos hacer una reverencia y darle el tratamiento de «alteza», o «excelencia», o «Vuecencia», pero que no se molestaría si le llamábamos «Bridgewater» a secas, pues, según él, era un título después de todo y no un nombre. Y uno de nosotros tenía que servirle durante la comida y hacer cualquier cosa que él mandara hacer.

Bueno, eso era fácil, de modo que lo hicimos. Durante toda la comida Jim revoloteó alrededor de él, sirviéndole y diciendo: «¿Quiere Vuecencia algo de esto, o algo de aquello?» y cosas así, y se veía que esto le complacía mucho.

Pero el viejo se fue volviendo bastante taciturno al cabo de un rato. No tenía mucho que decir y todos aquellos agasajos de que hacíamos objeto al duque no le tenían muy contento. Parecía estarle preocupando algo. Conque, allá por la tarde, dijo:

—Mire, Bilgewater,[4] le compadezco enormemente, pero no es usted la única persona que ha sufrido penalidades de esa índole.

—¿No?


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