Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn —No, señor. No es usted la única persona a la que han derribado, rastrera e injustamente, de un puesto elevado.
—¡Ay de mÃ!
—No, usted no es la única persona que tiene un secreto de nacimiento.
Y que me ahorquen si no se puso a llorar.
—¡Un momento! ¿Qué quiere usted decir?
—Bilgewater —preguntó el viejo, sollozando aún—, ¿puedo confiar en usted?
—¡Hasta la última gota de sangre! —Tomó la mano del viejo y se la estrechó—. ¡El secreto de vuestro ser: hablad!
—Bilgewater, ¡soy el difunto delfÃn!
Imaginaos lo boquiabiertos que esta vez nos quedamos Jim y yo. Después dijo el duque:
—¿Que es usted qué?
—SÃ, amigo mÃo; nada es tan cierto… En este instante contemplan sus ojos al pobre delfÃn desaparecido, a Luis XVIII, hijo de Luis XVI y de MarÃa Antonieta.
—¡Usted! ¡A su edad! ¡No! Querrá decir que es el difunto Carlomagno. Debe de tener seiscientos o setecientos años de edad por lo menos.