Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn —Eso es obra de las penas, Bilgewater; las penas tienen la culpa. Las penas pusieron estas canas y esta prematura calvicie. SÃ, caballeros, aquà ven ante ustedes, vestido de cutà azul y en plena desventura, al errante exiliado, pisoteado y doliente rey legÃtimo de Francia.
Bueno, pues empezó a llorar y a desesperarse de tal manera que Jim y yo apenas sabÃamos qué hacer de tanta pena que nos daba y de lo contentos y orgullosos que estábamos de tenerlo con nosotros también. De modo que tratamos, como habÃamos hecho con el duque, de consolarle a él.
Pero dijo que era inútil. Solo la muerte y acabar con todo de una vez podÃa hacerle bien alguno; aunque dijo que a menudo experimentaba algún alivio y se sentÃa mejor por un momento, si la gente le trataba como correspondÃa a su derecho, hincando una rodilla en tierra para hablarle y llamándole siempre «Vuestra Majestad» y sirviéndole a la hora de las comidas y no sentándose hasta que él diera su permiso.
De modo que Jim y yo nos pusimos a majestearle y a hacer esto, lo otro y lo de más allá por él y a quedarnos de pie hasta que él nos daba permiso para sentarnos. Esto le alivió muchÃsimo y se puso alegre y se sintió la mar de cómodo. Pero entonces pareció que se agriaba el duque y que no estaba ni pizca de satisfecho con el cariz que tomaban las cosas.