Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn »Bueno, pues, durante los días siguientes siempre íbamos con líos, porque no hacían más que acercarse gentes en botes y querer llevarse a Jim, diciendo que le creían un negro fugado. Ahora ya no viajamos de día. Por la noche no nos molestan.
El duque dijo:
—Dejadme solo para pensar un medio que nos permita navegar durante el día, si queremos. Reflexionaré… Inventaré un plan que lo haga posible. Por hoy lo dejaremos, porque, claro está, no nos interesa pasar por delante de esa población de ahí durante el día… Podría ser perjudicial para la salud.
Al anochecer empezó a nublarse el cielo y pareció que quería llover. Los relámpagos de calor iban muy bajos en el cielo y las hojas empezaban a moverse. Se presentaba una tormenta bastante fea; eso era fácil de ver. De modo que el duque y el rey hicieron un examen de nuestro cobertizo para ver cómo eran las camas.
Mi cama era un jergón de paja, mejor que la de Jim, que era un jergón de perfolla. Un jergón de perfolla siempre tiene mazorcas que se le clavan a uno y hacen daño. Y cuando uno da la vuelta, la perfolla seca suena como si se estuviera uno revolcando en un montón de hojarasca; hace tanto ruido que uno se despierta. Bueno, pues el duque dijo que se quedaría con mi cama, pero el rey dijo que no. Dijo: