Las aventuras de Huckleberry Finn

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Y le invitaron a que se quedara una semana. Y todo el mundo quería que fuese a vivir a su casa, diciendo que lo considerarían un honor; pero él dijo que, como que aquel era el último día de la reunión, ningún bien podía hacer y, además, ardía en deseos de marcharse inmediatamente al océano Índico para ponerse a trabajar en la conversión de los piratas.

Cuando volvimos a la balsa y se puso a contar, vio que había recogido ochenta y siete dólares y setenta y cinco centavos. También se había llevado una garrafa de whisky, de doce litros, que había encontrado debajo de una carreta cuando volvíamos por el bosque. El rey dijo que bien considerado aquel día daba ciento y raya a cuantos había dedicado a las misiones en su vida. Dijo que, por mucho que se dijera, un pirata valía cien mil veces más que un idólatra para trabajar reuniones religiosas al aire libre.

El duque tenía la pretensión que a él le había ido bastante bien hasta que apareció el rey; pero después de eso ya no lo creyó tanto. En aquella imprenta se había puesto a imprimir dos encargos de unos rancheros —anuncios de caballos— y cobrado su importe: cuatro dólares. Y había conseguido diez dólares de anuncios para el periódico, que prometió publicar por cuatro dólares si pagaban por adelantado, de modo que lo hicieron.


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