Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn no abras tus pesadas y marmóreas mandíbulas,
sino vete a un convento. ¡Vete![5]
Bueno, pues ese discurso le gustó al viejo y no tardó en aprendérselo de manera que pudo recitarlo bonitamente. Parecía como si hubiera nacido para ello. Y cuando lo tuvo ensayado y se exaltaba, era preciosa la manera de rugir, saltar y crecerse cuando lo declamaba.
A la primera ocasión que se nos presentó, el duque mandó imprimir unos anuncios. Y después de eso, durante dos o tres días, mientras seguíamos río abajo, la balsa fue un lugar muy animado, porque todo era hacer esgrima y ensayo, como decía el duque.
Una mañana, cuando estábamos bastante metidos en el estado de Arkansas, vimos una modesta población en un recodo grande. Y atracamos como unos tres cuartos de milla más arriba, en la embocadura de una caleta que estaba cerrada como un túnel por cipreses, y todos nosotros, menos Jim, subimos a la canoa y fuimos allí para ver si había alguna probabilidad de hacer nuestra función.
Tuvimos mucha suerte. Aquella tarde iban a hacer circo y ya empezaba a llegar gente del campo en toda clase de desvencijadas carretas y a caballo. El circo se iría antes de anochecer, de manera que nuestra función tenía buenas probabilidades de éxito. El duque alquiló el edificio que a veces sirve de Palacio de Justicia y dimos una vuelta pegando anuncios. Decían lo siguiente: