Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn ¡Despierta a Duncan con tus golpes! ¡Ojalá pudieras!;
porque quién soportarÃa los látigos y desprecios del tiempo,
el mal del opresor, la contumelia del hombre orgulloso,
las demoras de la ley y el descanso de sus
punzadas pudieran tomar,
en el desierto y en mitad de la noche cuando los
cementerios bostezan,
en trajes acostumbrados de solemne negro,
solo que el paÃs sin descubrir de cuyo lÃmite ningún
viajero vuelve,
respira contagio sobre el mundo,
y asà el matiz nativo de la resolución, como el pobre
gato del adagio,
está enfermo de preocupación,
y todas las nubes que se cernÃan sobre los tejados
de nuestras casas,
con esta consideración sus corrientes tuercen,
y pierden el nombre de acción.
Es una consumación que devotamente ha de desearse;
mas, dulcemente tú, oh linda Ofelia;