Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn De modo que se puso a pasear de un lado para otro, pensando y poniendo un ceño horrible de vez en cuando. Después enarcaba las cejas; luego se apretaba la frente con la mano, retrocedía, se tambaleaba y gemía; después suspiraba y, más tarde, fingía derramar una lágrima.
Era estupendo mirarle. Al fin logró lo que pretendía. Nos dijo que le prestáramos atención. Después adoptó una actitud muy noble, con una pierna hacia delante, el brazo en alto, la cabeza inclinada hacia atrás, con la mirada clavada en el cielo. Luego se puso a delirar y a rechinar los dientes y, a continuación de eso, durante todo su discurso, aulló, se revolvió, hinchó el pecho y dejó chiquito el trabajo del mejor actor que yo hubiera visto en mi vida. Este es el discurso, pude aprenderlo fácilmente mientras se lo enseñaba al rey:
Ser o no ser; esa es la desnuda punta
que de tan larga vida calamidad hace.
Porque, ¿quién fardillos llevara hasta que
el Bosque de Birnam a Dusinane llegara?
Sino que el miedo a algo tras la muerte
al sueño inocente asesina,
segundo curso de la Gran Naturaleza,
y más bien nos hace lanzar las flechas de la ultrajante fortuna
que correr a otros de los que no sabemos.
He ahí el respeto que ha de darnos tregua: