Las aventuras de Huckleberry Finn

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Bueno, pues después cogieron un par de espadas largas que el duque había hecho con dos listones de roble y empezaron a ensayar el duelo. El duque se llamaba a sí mismo Ricardo III, y la manera de luchar y de saltar por toda la balsa fue algo inmenso. Pero, al cabo de un rato, el rey dio un tropezón y se cayó al agua, y, después de eso, descansaron y se contaron las aventuras que habían corrido en otros tiempos a lo largo del río.

Después de comer el duque dijo:

—Oiga, Capeto, nos interesa que esta función sea de primera, ¿comprende?, de modo que hemos de añadirle algo más. Necesitamos alguna otra cosa para representarla después de los bises.

—¿Qué son bises, Bilgewater?

El duque se lo explicó y dijo luego:

—Yo contestaré a ellos con un baile escocés o una danza marinera. Y usted… déjeme pensarlo… ¡Ah! ¡Ya sé!… Usted puede recitar el soliloquio de Hamlet.

—¿El cuál de Hamlet?

—El soliloquio, lo más célebre de Shakespeare. ¡Ah! ¡Es sublime! ¡Sublime! Siempre se lleva al público de calle. No lo tengo en el libro… solo tengo un volumen… pero me parece que podré reconstruirlo de memoria. Pasearé unos momentos para ver si puedo evocarlo de las catacumbas del recuerdo.


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