Las aventuras de Huckleberry Finn

Las aventuras de Huckleberry Finn

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XXI

PROBLEMAS EN ARKANSAS

Ya había salido el sol, pero continuamos adelante sin atracar. Por fin el rey y el duque abandonaron el cobertizo bastante alicaídos; pero, después de haber saltado al agua y nadado un rato, cambiaron de humor.

Después de desayunar, el rey se sentó en un lado de la balsa, se quitó las botas, se remangó los pantalones, dejó colgar las piernas en el agua para estar cómodo, encendió la pipa y empezó a aprenderse de memoria su Romeo y Julieta. Cuando ya se lo sabía bastante bien, el duque y él se pusieron a ensayarlo juntos.

El duque tuvo que enseñarle una y otra vez la manera de decir su papel. Y le hacía suspirar y llevarse la mano al pecho y al cabo de un rato dijo que lo había hecho bastante bien. «Solo que —dijo—, usted no ha de bramar “¡Romeo!” de esa manera, como si fuera un toro… Debe pronunciarlo con dulzura, desfallecimiento, languidez… Así: “¡R-o-o-meo!”. Así se dice. Porque Julieta es una perita en dulce y acaba de dejar las mantillas, ¿sabe?, y no rebuzna como un garañón».


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