Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn Todas las calles y todos los caminos eran un lodazal. No eran nada más que barro; barro tan negro como el betún y que llegaba a formar una capa de un pie de grueso en algunos sitios, y dos o tres pulgadas de hondo en todas partes. Los cerdos moraban y gruñían por doquier.
Una cerda llena de barro aparecía de pronto por la calle con su camada de cerditos y se espatarraba en medio del paso, de manera que la gente tenía que dar un rodeo. Se estiraba, cerraba los ojos y meneaba las orejas mientras los lechones se hartaban y parecía tan feliz como si estuviera a sueldo.
Y al poco rato, gritaba uno de los vagos:
—¡Hi! ¡Así, muchacho! ¡Duro con ella, Tige!
Y la cerda salía disparada, chillando de una manera horrible, con un perro o dos colgando de cada oreja y tres o cuatro docenas más detrás. Y entonces los vagos se ponían en pie y la miraban hasta perderla de vista, y reían la gracia, y estaban contentos por el ruido y la distracción.
Después volvían a sentarse en sus sitios de antes hasta que había una pelea de perros. Nada era capaz de despertarles ni de hacerles tan completamente felices como una pelea de perros, como no fuera rociar de trementina a un perro vagabundo y pegarle fuego, o atarle una lata al rabo y verle matarse de tanto correr.