Las aventuras de Huckleberry Finn

Las aventuras de Huckleberry Finn

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A veces Bill le daba un bocado; a lo mejor mentía diciendo que no le quedaba. Algunos vagos de esa clase nunca tienen un centavo ni un cacho de tabaco suyo. Mascan de prestado. Le dicen a uno: «Te agradecería que me prestases un bocado, Jack. Acabo de darle a Ben Thompson el último que me quedaba», lo que casi siempre es mentira y no engaña a nadie como no sea un forastero. Pero Jack no es forastero, de modo que dice:

—¿Tú dar un bocado? ¡Y un jamón con chorreras! Devuélveme los bocados que me has sacado prestados ya, Lafe Buckner, y te prestaré una o dos toneladas y sin pedirte intereses, por añadidura.

—Hombre, sí que te devolví algo una vez.

—Es verdad: unos seis bocados. Yo te presté tabaco de tienda y tú, en cambio, me devolviste tabaco de cosecha propia.

El tabaco de tienda es una pastilla negra, aplastada; pero generalmente estos hombres mascan la hoja al natural, retorcida. Cuando piden prestado un mordisco, no se molestan en cortarlo con un cuchillo. Se meten la pastilla entre los dientes y roen y tiran de la pastilla con las manos hasta partirla.

A veces, el amo del tabaco contempla con melancolía el trozo que le devuelven y dice con sarcasmo:

—Oye, dame el bocado y quédate tú con la pastilla.


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