Las aventuras de Huckleberry Finn

Las aventuras de Huckleberry Finn

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Todas las tiendas estaban en una misma calle. Tenían toldos blancos, caseros, por delante, y la gente del campo ataba los caballos a los postes que sostenían los toldos. Debajo de aquellas marquesinas había cajas vacías que servían de asiento a los vagos del lugar. Estos se reunían allí con la única ocupación de sacar virutas de un palo, lo que parecían hacer con la intención de matar el aburrimiento. Y bostezaban y se desperezaban; eran una cuadrilla bastante ordinaria.

Por lo general llevaban un sombrero de paja amarilla, casi tan ancho como un paraguas; pero no tenían chaqueta ni chaleco. Se llamaban unos a otros Bill, y Buck, y Hank, y Joe, y Andy, y al hablar arrastraban las sílabas e intercalaban una retahíla de palabrotas. En cada poste se apoyaba un vago y casi siempre tenía las manos metidas en los bolsillos, pero a veces las sacaba para prestar un poco de tabaco para mascar. Uno no hacía más que oírles decir, continuamente:

—Dame un cacho de tabaco, Hank.

—No puedo… no me queda más que un bocado. Pídele a Bill.



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