Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn —¡Boggs!
Pude ver que quien había hablado era el coronel Sherburn. Estaba completamente quieto en la calle, y tenía una pistola en la mano derecha; no apuntaba con ella, sino que la sostenía con el cañón hacia arriba. Al mismo tiempo vi a una muchacha joven que se acercaba corriendo, con dos hombres.
Los hombres y Boggs se volvieron a ver quién llamaba y, a la vista de la pistola, los hombres saltaron a un lado y el cañón del arma empezó a bajar lenta y firmemente hasta ponerse horizontal, con los dos gatillos amartillados. Boggs alzó los dos brazos y exclamó:
—¡Oh, Dios! ¡No dispares!
¡Pum!, sonó el primer disparo, y retrocedió, tambaleándose y dando zarpazos al aire. ¡Pum!, sonó el segundo, y cayó al suelo de espaldas, como un peso muerto, con los brazos abiertos. La muchacha soltó un grito, corrió y se dejó caer junto a su padre, llorando y diciendo:
—¡Oh! ¡Le ha matado! ¡Le ha matado!
El coronel Sherburn tiró la pistola al suelo, giró sobre los talones y se fue.