Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn Llevaron a Boggs a la farmacia, con toda la muchedumbre apiñada a su alrededor. Toda la población les siguió. Yo corrí y logré un buen sitio junto al escaparate, donde estaba cerca de él y podía mirar dentro. Le pusieron en el suelo y le colocaron una Biblia grande bajo la cabeza, y otra abierta sobre el pecho; pero antes le desabrocharon la camisa y vi por dónde había entrado una de las balas.
Respiró profundamente una docena de veces, y su pecho levantaba la Biblia cada vez que lo hacía, y la volvía a bajar cuando exhalaba el aliento; después de eso se quedó inmóvil. Estaba muerto. Arrancaron a la hija de allí, que gritaba y lloraba, y se la llevaron. Tendría unos dieciséis años, de aspecto muy dulce y bondadoso; pero estaba muy pálida y asustada.
Bueno, pues al poco rato estaba allí toda la población, arremolinada, empujando, dando codazos, probando de abrirse paso hasta el escaparate para echar una mirada. Pero los que habían cogido sitio no querían dejarlo, y la gente que había detrás no hacía más que decir:
—Vamos, muchachos, ya habéis mirado bastante. No es justo y no hay derecho a que os estéis ahí todo el rato y no dejéis asomar a nadie. Los demás tienen el mismo derecho que vosotros.