Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn Hubo muchas disputas, y yo me escabullí, pensando que a lo mejor habría jarana. Las calles estaban llenas de gente y todo el mundo estaba nervioso. Todos los que habían visto el suceso contaban cómo había ocurrido, y alrededor de cada uno de ellos había un nutrido grupo que alargaba el cuello y escuchaba atentamente.
Un hombre patilargo, de largo pelo y sombrero de copa de piel blanca echado hacia atrás, y un bastón con empuñadura en forma de cayado, señalaba en el suelo los sitios en que habían estado Boggs y el coronel Sherburn. La gente le seguía de un sitio para otro observando todo lo que hacía, y movía afirmativamente la cabeza dando muestras de asentimiento, y se agachaba un poco, y apoyaba las manos en los muslos para ver cómo marcaba los sitios en el suelo con su bastón.
Después, el hombre se irguió, muy estirado, en el sitio en que había estado Sherburn, frunciendo el entrecejo y echándose el sombrero sobre los ojos. Gritó:
—¡Boggs!
Y bajó el bastón hasta ponerlo horizontal, y dijo:
—¡Pum!
Retrocedió tambaleándose. Volvió a decir:
—¡Pum!
Y se dejó caer de espaldas.