Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn Bueno, pues, durante toda la función hicieron las cosas más maravillosas, y mientras tanto, aquel payaso seguía diciendo unos chistes que hacían desternillar de risa al público. Aún no le decía una palabra el jefe de la pista que ya le contestaba como un rayo, diciendo las cosas más graciosas que haya dicho nadie. Lo que yo no podía comprender era cómo podía pensar en tantas cosas y soltarlas tan de sopetón y tan a punto. ¡A mí no se me hubieran ocurrido en todo un año!
Y, más tarde, un borracho intentó saltar a la pista; dijo que quería montar, dijo que sabía montar tan bien como el más pintado. Discutieron con él y trataron de impedir que entrara en la pista, pero maldito el caso que les hizo, y toda la función se interrumpió.
Después la gente se puso a gritarle y a tomarle el pelo y eso le puso furioso y empezó a rabiar y a despotricar. La gente se excitó y había muchos hombres que se levantaban de los bancos y empezaban a bajar a la pista, gritando: «¡Tumbadle! ¡Echadle fuera!». Y una o dos mujeres empezaron a dar chillidos.
Entonces el jefe de la pista soltó un discurso y dijo que esperaba que no habría disturbios y que si el hombre prometía no armar más bronca le dejaría montar, si creía poder mantenerse a caballo. Todo el mundo se echó a reír y dijo que bueno, y el hombre se subió al caballo.