Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn En cuanto estuvo montado, el animal empezó a brincar, a dar saltos de carnero y hacer corvetas mientras dos del circo le tenían de las bridas intentando sujetarle, y el borracho se le agarraba al cuello y a cada salto ponía las piernas al aire, y todo el público de pie gritando y riendo hasta caérseles las lágrimas.
Y por fin, a pesar de todo cuanto los hombres del circo pudieron hacer, el caballo se soltó y salió disparado como un cohete, dando vueltas a la pista, con el borracho tumbado encima de él, agarrado a su cuello, con una pierna que casi tocaba el suelo por un lado primero, y después la otra por el otro lado, y la gente loca de risa. Sin embargo, yo no veía nada de risa; estaba temblando al ver el peligro que corría aquel hombre.
Pero, por fin, logró montarse con penas y trabajos y tomó las riendas, tambaleándose de un lado para otro. Y un instante después… ¡soltó las riendas y se puso en pie encima del animal! Y eso que corría como el mismísimo diablo.