Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn Permaneció allí de pie, dando vueltas tan tranquilo y cómodo como si no hubiese estado borracho en toda su vida, y después empezó a quitarse la ropa y tirarla. Se la quitó tan aprisa que parecía que el aire se llenaba con ella. Y se quitó diecisiete trajes en total. Entonces apareció esbelto y guapo, vestido de la manera más chillona y bonita que imaginarse pueda. Y arremetió contra el caballo con un látigo y le hizo correr como el rayo. Por fin saltó al suelo, hizo una reverencia y bailó en dirección a los camarines mientras todo el mundo se desgañitaba de contento y de asombro.
Después el jefe de la pista se dio cuenta de que le habían estado tomando el pelo y no creo que se haya visto nunca un jefe de pista más corrido. ¡Si era uno de sus propios artistas! Había inventado aquella broma por su cuenta y se la había callado como un muerto. Bueno, pues yo sentí bastante vergüenza por haberme dejado engañar de aquella manera; pero no hubiera querido estar en el lugar del jefe de pista; no, señor; ni por mil dólares.
No sé, a lo mejor hay circos mejores que aquel, pero yo nunca los he visto. De todas maneras, era lo bastante bueno y de sobra para mí. Y dondequiera que se encuentre puede contar con que yo le seré siempre buen parroquiano.