Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn »Tú sabes poco de reyes, Jim; pero yo los conozco bien. Y este vejete que llevamos a bordo es uno de los reyes más decentes con que me he tropezado en la historia. Bueno, pues a Enrique se le ocurre la idea de que quiere buscarle camorra a este país. ¿Cómo lo hace? ¿Avisa?… ¿Obra lealmente?… ¡Quiá! Cuando menos se espera, va y tira al agua todo el té que hay en la bahía de Boston, nos larga una declaración de independencia y nos desafía a que nos metamos con él. Así era él… incapaz de darle a nadie una ocasión para defenderse.
»Desconfiaba de su padre el duque de Wellington. Bueno, ¿y qué hizo?… ¿Pedirle que se presentara? No, señor: le ahogó en un barril de malvasía, como a un gato. Y si la gente se dejaba el dinero tirado por ahí, a su alrededor… ¿qué hacía? Ponérselo en el bolsillo. Supongo que se comprometía a hacer una cosa, y tú le pagabas y no te sentabas cerca de él para asegurarte que la hiciera… ¿Qué hacía? Pues todo lo contrario.
»Suponte que abría la boca… ¿Qué pasaba entonces? Pues que si no la cerraba deprisa decía siempre una mentira. Así era el chinche Enrique. Y si ahora le tuviéramos con nosotros en lugar de nuestros reyes, pues hubiese engañado a ese pueblo mucho más que ellos.