Las aventuras de Huckleberry Finn

Las aventuras de Huckleberry Finn

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»—¿No me has oído? ¡Cierra esa puerta!

»Siguió igual, sonriéndome. Yo estaba furioso. Dije:

»—¡Apuesto a que te hago hacer caso!

»Y le solté un cachete en la cabeza que la hizo rodar por el suelo. Después me fui al otro cuarto y estuve fuera cosa de diez minutos. Cuando volví, la puerta aún estaba abierta, y la criatura estaba de pie, con la mirada baja, lloriqueando y corriéndole las lágrimas por las mejillas.

»¡Lo furioso que me puse! Iba a darle de nuevo, pero en aquel momento (era una de esas puertas que se abren para adentro) vino una ráfaga de aire y la cerró de golpe tras la niña. ¡Ca-ta-pán!… Y, Dios Santo, ¡la niña no se movió! Casi se me escapó el aliento de un salto, y me sentí tan… tan… no sé cómo me sentí.

»Salí temblando de pies a cabeza, y di la vuelta y abrí la puerta con mucho cuidado, y asomé la cabeza por detrás de la cría y, de pronto, dije ¡uh! Con toda la fuerza de mis pulmones. ¡Ni siquiera se movió!

»¡Oh, Huck! Rompí a llorar y la cogí en mis brazos, y dije: “¡Pobrecita mía! ¡Que Dios Todopoderoso perdone al pobre Jim, porque él no va a perdonarse a sí mismo mientras viva!”. ¡Estaba completamente sorda y muda, Huck! ¡Completamente sorda y muda! Y… ¡yo la había estado tratando así!


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