Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn Me acosté y Jim no me despertó cuando era mi turno. A menudo hacía eso. Cuando me desperté, al rayar el día, él estaba sentado con la cabeza apoyada entre las piernas, gimiendo y lamentándose. No le hice caso ni le dejé ver que le veía. Ya sabía yo por qué era.
Estaba pensando en su mujer y en sus hijos, allá arriba, y se sentía decaído y añorado. Porque nunca había estado lejos de su casa en su vida. Y hasta me parece que quería tanto a su familia como los blancos quieren a la suya. No parece natural, pero creo que es así. Durante la noche, cuando me creía dormido, gemía y se lamentaba con frecuencia, diciendo: «¡Pobrecita Elizabeth! ¡Pobrecito Johnny! Es muy duro. Supongo que no volveré a veros más… ¡nunca más!». Jim era un negro muy bueno, vaya si lo era.
No sé cómo me las arreglé para hablar con él de su mujer y sus hijos, y, al poco rato, dijo él:
—Lo que ha hecho que me entristeciese tanto esta vez es que oí algo allá en la orilla, algo así como un golpe o un portazo hace un rato, y me acordaba de una vez que traté tan mal a mi pequeña Elizabeth. No tenía más que unos cuatro años y cogió la escarlatina y pasó una temporada bastante mala, pero se curó, y un día andaba por casa y le dije:
»—Cierra esa puerta.
»Ella no lo hizo. Se quedó parada, sonriéndome. Me puse furioso y le dije otra vez, muy alto, dije: