Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn El duque era muy listo y no tardó en encontrarla. Le puso a Jim el traje del rey Lear; era una especie de vestido largo, de percal de cortina, y le puso una peluca y unas barbas de crin blanca de caballo. Después sacó pinturas y le pintó la cara, las manos, las orejas y el cuello de un color azul sólido, como el de un hombre que lleva nueve días ahogado. Que me zurzan si no era la visión más horrible que he visto en mi vida. Después, el duque pintó sobre una tabla lo siguiente: «Árabe enfermo, pero inofensivo, cuando no está trastornado». Y clavó la tabla a un listón y lo puso derecho a corta distancia del cobertizo. Jim estuvo contento. Dijo que era mucho mejor que estarse tendido, atado durante tanto tiempo y temblar de pies a cabeza cada vez que se oía un ruido. El duque le dijo que se pusiera tan a sus anchas como quisiera, y que, si se acercaba alguien a husmear por allí, saliera del cobertizo dando brincos y soltara un aullido o dos como una fiera y que seguramente se largarían y le dejarían tranquilo. Lo que no dejaba de ser prudente. Pero el hombre corriente no esperaría a que aullase. Porque, no solo parecía muerto, sino algo muchísimo más feo.