Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn Los pillos aquellos querían probar el Nohaytal otra vez, porque daba tanto dinero; pero pensaron que sería arriesgado, porque quizá ya hubiese corrido la noticia por los alrededores. No conseguían dar con un proyecto que fuese debidamente apropiado. De modo que, por último, el duque dijo que dejaría el asunto y haría trabajar el cerebro una o dos horas para ver si discurría algo con que embaucar al pueblo.
El rey dijo que se iba a dar una vuelta por el otro pueblo sin plan preconcebido, confiando en que la providencia le guiara por el camino que diese más provecho, aunque me parecía que querría decir el diablo y no la providencia. Todos nos habíamos comprado ropa hecha la última vez que desembarcamos, y esta vez el rey se puso la suya y me dijo que me pusiera yo la mía. Así lo hice, claro está. La ropa del rey era toda negra. Estaba verdaderamente elegante. Hasta entonces no me había dado cuenta de que la ropa pudiese hacer cambiar tanto el aspecto de una persona.
Antes, parecía el vejete más ordinario que se haya visto nunca; pero ahora, cuando se quitaba el sombrero de copa blanco, nuevo, y hacía una reverencia, y sonreía, parecía tan magnífico, y bueno, y religioso que uno le hubiese creído recién salido del Arca y que era el viejo Levítico en persona.