Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn Jim limpió la canoa y yo preparé el canalete. Junto a la orilla habÃa un gran vapor parado a unas tres millas más arriba de la población; hacÃa un par de horas que estaba tomando carga. El rey dijo:
—En consideración a mi vestido, quizá será mejor que llegue de San Luis o Cincinnati, o de algún otro sitio grande. DirÃgete al vapor, Huckleberry, bajaremos al pueblo en él.
No necesité que me mandaran dos veces irme a dar un paseo en vapor. Llegué a la ribera media milla más arriba del pueblo y después me deslicé por agua muerta a lo largo de la orilla llena de bajÃos. No tardamos en llegar junto a un joven palurdo, de aspecto ingenuo y agradable, sentado en un tronco y enjugándose el sudor, porque hacÃa un calor imponente. A su lado tenÃa un par de maletas grandes.
—Pon proa a tierra —dijo el rey.
Asà lo hice.
—¿Adónde va usted, joven?
—Al vapor, marcho a Orleans.
—Suba a bordo —dijo el rey—. Espere, mi criado le ayudará con las maletas. Salta a tierra y ayuda al caballero, Adolphus.