Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn Adiviné que aquello era para mí. De modo que lo hice y después seguimos adelante los tres juntos. El joven no cabía de agradecido; dijo que se sudaba tinta cargando con equipaje en aquel tiempo. Preguntó al rey adónde iba y este le dijo que había bajado por el río y desembarcado en el otro pueblo aquella mañana y ahora subía unas cuantas millas para ver a un viejo amigo que tenía una estancia por allí. El joven dijo:
—Cuando le vi, al principio me dije: «Es el señor Wilks, y bien poco le ha faltado para que no llegara a tiempo». Pero después me dije: «No, no puede ser él, porque si lo fuera no andaría remando río arriba». Usted no es él, ¿verdad?
—No, me llamo Blodgett… Alexander Blodgett… Supongo que he de decir el reverendo Alexander Blodgett, puesto que soy uno de los humildes servidores del Señor. De todos modos, igualmente puedo compadecerme del señor Wilks por no haber llegado a tiempo, si es que ello le reporta algún perjuicio… cosa que espero no haya sucedido.
—Hombre, no va a perder ninguna finca por eso, porque ha de conseguirlas igualmente; pero sí que se ha perdido ver morir a su hermano Peter… cosa que tal vez no le importe, eso no lo puede saber nadie… pero su hermano sí que hubiera dado cualquier cosa de este mundo por verle a él antes de morir.