Las aventuras de Huckleberry Finn

Las aventuras de Huckleberry Finn

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Cuando volvimos arriba, todo el mundo se reunió alrededor de la mesa y el rey contó el dinero y lo puso en pilas, trescientos dólares en cada pila; veinte pilas preciosas. Todo el mundo las miró con hambre y se relamía de gusto. Después volvieron a meter el dinero en la bolsa y vi que el rey hinchaba el pecho para soltar otro discurso. Dijo:

—Amigos todos: mi pobre hermano, aquí de cuerpo presente, se ha mostrado generoso para con aquellos a quienes ha dejado atrás en este valle de lágrimas. Se ha mostrado generoso para con estas pobres corderillas a las que amó y dio asilo y que se han quedado sin padre y sin madre.

»Sí, y los que le conocimos sabemos que aún se habría portado más generosamente con ellas si no hubiese temido herir las susceptibilidades de su querido William y mías. ¿No es cierto? Yo no tengo la menor duda de ello. Pues bien… ¿qué clase de hermanos serían los que impidieran sus designios en semejante momento? ¿Y qué clase de tíos serían los que robaran… sí, robaran… a tan pobres y dulces corderillas a las que él amó tanto? O no conozco a William… y creo conocerle… a él… bueno, se lo preguntaré.



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