Las aventuras de Huckleberry Finn

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Bueno, pues entonces, al poco rato, todos se pusieron a hablar del difunto otra vez y de lo bueno que era, y de cuán sensible era la pérdida, y todo eso. Y después un hombre corpulento, de mandíbula de hierro, se abrió paso desde fuera y se quedó mirando y escuchando, sin decir una palabra a nadie y sin que nadie se la dijera tampoco, porque el rey estaba hablando por los codos y todos estaban muy ocupados escuchándole. El rey estaba a la mitad de su discurso, y entonces estaba diciendo:

—Siendo ellos amigos especiales del difunto, por eso los hemos invitado aquí esta noche; pero mañana queremos que vengan todos… todos, porque él respetaba a todo el mundo, quería a todo el mundo, de modo que es justo que sus orgías fúnebres sean públicas.

Y así continuó hablando y hablando, recreándose en oír su voz, y, de vez en cuando, volvía a soltar lo de las orgías fúnebres, hasta que el duque no pudo aguantarlo más. De modo que escribió en un trozo de papel «exequias, cabezota», y lo dobló y se puso a gu-gu-guear y a estirar el brazo por encima de la cabeza de la gente hacia él. El rey lo leyó, se lo metió en el bolsillo, y dijo:



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