Las aventuras de Huckleberry Finn

Las aventuras de Huckleberry Finn

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Por la noche dieron una gran cena a la que asistieron todos aquellos hombres y mujeres, y yo estuve de pie detrás de los asientos del rey y del duque y los serví, y los negros sirvieron a los demás. Mary Jane se sentó a la cabeza de la mesa, con Susan a su lado, y dijo lo malas que eran las galletas, lo pobres que eran las conservas, lo duros y malos que estaban los pollos fritos, y toda esa clase de tonterías que siempre dicen las mujeres para que los convidados se deshagan en alabanzas. Y toda la gente sabía que todo estaba de primera y lo decía. Preguntaba: «¿Cómo consigues que las galletas te queden tan doradas?» y «Por lo que más quieras, ¿de dónde sacaste estos maravillosos embutidos?», y toda esa clase de palabrería y lisonjas que siempre gasta la gente en una cena.

Y cuando todo estuvo terminado, la del labio partido y yo cenamos en la cocina con las sobras, mientras los demás ayudaban a los negros a limpiar. Labio Partido se puso a preguntarme cosas de Inglaterra, y que me zurzan si no me pareció a veces que patinaba sobre hielo muy delgado. Dijo:

—¿Has visto al rey alguna vez?

—¿A quién? ¿A Guillermo IV? Pues no faltaba más… Va a nuestra iglesia.

Yo sabía que había muerto años antes, pero disimulé. De modo que cuando dije que iba a nuestra iglesia, ella dijo:


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