Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn —Si me escapo —dije—, no estaré aquà para demostrar que esos pÃcaros no son sus tÃos… y tampoco podrÃa hacerlo aunque estuviese aquÃ. PodrÃa jurar que son unos desharrapados y unos vagabundos, eso es todo, aunque ya servirÃa de algo. Pero hay otros que pueden hacerlo mejor que yo… y son gente de la que no se dudará tan fácilmente como de mÃ. Yo le diré cómo encontrarla. Deme un lápiz y un trozo de papel. Ahà tiene… «Real Nohaytal, Bricksville». Guárdeselo y no lo pierda. Cuando el tribunal quiera saber algo de esos tunos, que vaya alguien a Bricksville a decir que tienen detenidos a los hombres que representaron el Real Nohaytal y que pidan testigos… ¡La población entera se presentará aquà en menos de lo que canta un gallo, señorita Mary! Y además vendrán furiosos.
Me pareció que todo estaba perfectamente arreglado, de modo que dije:
—Deje que se lleve adelante la subasta y no se preocupe. Como la subasta se ha avisado con tan poco tiempo, nadie tiene que pagar las cosas que compra hasta un dÃa después, y ellos no se largarán de aquà si no cargan con el dinero… y, en la forma en que lo hemos arreglado, la subasta no va a servir para nada, y ellos no lograrán ni un centavo. Es lo mismo que pasó con los negros: no fue una venta y los negros estarán de vuelta. ¡Si aún no pueden cobrar el dinero de los negros! En buen fregado están metidos, señorita Mary.