Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn —Ojalá lo supiera yo, pero no lo sé. La tenÃa yo, porque se la robé. Y la robé para devolvérsela a usted. Y sé dónde la escondÃ, pero me temo que no esté allà ya. Lo siento mucho, señorita Mary Jane, no sabe usted cuánto lo siento; pero hice lo que pude, de veras que sÃ. Estuve a punto de ser sorprendido y tuve que meterla en el primer sitio que encontré y echar a correr… y no era un sitio muy adecuado.
—Oh, deja de echarte la culpa… está mal que lo hagas y no te lo consiento. Tú no pudiste remediarlo. No fue culpa tuya. ¿Dónde la escondiste?
Yo no querÃa que volviese otra vez a pensar en sus penas, y no conseguÃa que mi boca le dijera algo que le harÃa recordar el cadáver tendido en el ataúd con la bolsa de dinero en la boca del estómago. De modo que, durante un minuto, no dije nada. Después:
—Prefiero no decirle dónde lo puse, señorita Mary Jane, si usted no tiene inconveniente en perdonármelo; pero se lo anotaré en un pedazo de papel y usted podrá leerlo mientras va a casa del señor Lothrop, si quiere. ¿Cree usted que será igual eso?
—SÃ.
De modo que escribÃ: «La puse en el ataúd. Y estaba allà cuando usted lloraba a su lado durante la noche. Yo estaba detrás de la puerta y la compadecà mucho, señorita Mary Jane».