Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn —SÃ, no se preocupe por ellas. Tienen que resistir un poco todavÃa. Si se fueran todas ustedes, podrÃan desconfiar. No quiero que usted los vea a ellos, ni a sus hermanas, ni a nadie de la población. Si un vecino viene y le pregunta cómo estaban sus tÃos esta mañana, su cara la descubrirÃa. Márchese usted, señorita Mary Jane, que yo lo arreglaré con todos. Le diré a la señorita Susan que salude cariñosamente a sus tÃos de su parte y que les diga que usted se ha marchado por unas horas para descansar un poco y cambiar de aires, o para ver a unos amigos, y que volverá usted esta noche o mañana a primera hora.
—Me parece bien eso de que me he ido a ver a unos amigos, pero no quiero que les salude cariñosamente de mi parte.
—Bueno, pues entonces no lo hará.
No habÃa inconveniente en decirle eso a ella. Era una pequeñez y no costaba ningún trabajo. Y son las pequeñeces las que más allanan el camino de la gente en este mundo. TranquilizarÃa a Mary Jane y no costarÃa nada. Después dije:
—Hay otra cosa: la bolsa de oro.
—Esa ya la tienen, y me siento bastante tonta al pensar cómo la consiguieron.
—No; en eso se equivoca usted rotundamente. No la tienen.
—Pues ¿quién la tiene?