Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn —Piénselo antes un poco y tal vez lo comprenda. ¿No tienen sus tÃos la obligación de volver a Inglaterra tan aprisa como puedan? ¿Y cree usted que cometerÃan la ruindad de marcharse y dejarlas que hagan ustedes solas todo ese viaje? Usted sabe que las esperarán. Hasta ahÃ, bien. Su tÃo Harvey es pastor, ¿no? Bueno, pues entonces, ¿es capaz de engañar a un consignatario de buques para que dejen subir a bordo a la señorita Mary Jane? No, usted sabe que no. ¿Qué hará entonces? Pues dirá: «Es una pena muy grande, pero los asuntos de mi iglesia tendrán que ir tirando como puedan. Porque mi sobrina ha estado expuesta a contagio de las terribles paperas pluribus-unum, de modo que tengo el ineludible deber de quedarme aquà y esperar los tres meses que hacen falta para que se sepa si ha contraÃdo la enfermedad». Pero, no se preocupe por eso, si le parece mejor decÃrselo a su tÃo Harvey…
—¿Y quedarnos por aquà mientras esperamos a que se sepa si Mary Jane ha cogido o no la enfermedad, cuando podrÃamos estar todos pasándolo estupendamente en Inglaterra? ¡Quita! No digas tonterÃas.
—Bueno, de todos modos, tal vez serÃa mejor que se lo dijeran a algunos de los vecinos.
—¡Qué cosas tienes! Jamás conocà a un ignorante como tú. ¿No comprendes que irÃan ellos y lo dirÃan? No hay otra solución que no decirlo a nadie en absoluto.