Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn Y fueron a esperar a sus tíos para darles los cariñosos saludos, los besos y el mensaje.
Todo estaba arreglado. Las muchachas se callarían porque estaban deseando ir a Inglaterra, y el rey y el duque preferirían que Mary Jane se hubiese marchado a trabajar en favor de la subasta a que se estuviera por allí y pudiera acercársele el doctor Robinson. Me sentí a mis anchas. En mi opinión, lo había hecho todo con mucho ingenio; me parecía que Tom Sawyer no lo hubiera podido hacer mejor. Naturalmente, él hubiera podido añadirle filigranas y adornos, pero yo no sé hacer eso fácilmente, porque no me he criado en ello.
Bueno, pues se celebró la subasta en la plaza pública, cuando la tarde iba a caer, y la cosa se fue alargando, alargando, y el viejo estaba a mano, con expresión verdaderamente venenosa, al lado del subastador, intercalando alguna cita de la Biblia de vez en cuando, o alguna frase piadosa, y el duque merodeaba por allí gu-gu-gueando con toda su alma para conquistar las simpatías y tratando de hacerse tan agradable como le era posible.