Las aventuras de Huckleberry Finn

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De modo que volvió a reír, y lo mismo hicieron todos los demás, menos tres o cuatro, o acaso eran media docena. Uno de los que no reían era el doctor; otro, un caballero de penetrante mirada, que llevaba una maleta anticuada, de esas hechas de alfombra, y que también había desembarcado del vapor y estaba hablando con él en voz baja, mirando al rey de vez en cuando y moviendo afirmativamente la cabeza.

Era Levi Bell, el abogado que había marchado a Louisville. Otro de ellos era un tosco hombretón, que se acercó y escuchó todo lo que dijo el anciano y que ahora estaba escuchando al rey. Y cuando el rey hubo terminado, el hombre fue y dijo:

—Oiga, escuche: si es usted Harvey Wilks, ¿cuándo llegó al pueblo?

—El día antes del entierro, amigo —dijo el rey.

—Pero ¿a qué hora?

—Al atardecer, una hora o dos antes de la puesta del sol.

—¿Cómo llegó?

—A bordo del Susan Powell, desde Cincinnati.

—Pues entonces, ¿cómo es que estaba usted en la Punta por la mañana, en una canoa?

—No estuve en la Punta por la mañana.

—Eso es mentira.


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