Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn En mi vida me habÃa encontrado en una situación tan terrible y peliaguda como aquella, y estaba aturdido. Todo estaba saliendo al revés de lo que yo habÃa calculado. En lugar de tener las cosas arregladas de manera que pudiera tomarme el tiempo que quisiese, y ver toda la función, y tener a Mary Jane guardándome las espaldas para salvarme y ponerme en libertad cuando llegase el momento crÃtico, mira por dónde, no podÃan salvarme de una muerte violenta nada más que aquellos tatuajes. Si no los encontraban…
Se me hacÃa insoportable pensar en ello y, sin embargo, no podÃa pensar en otra cosa. Cada vez se fue haciendo más oscuro, y era un momento magnÃfico para dar esquinazo a la muchedumbre; pero aquel hombretón —Hines— me tenÃa agarrado por la muñeca y lo mismo hubiera sido querer escabullirse de Goliat. Me llevaba a rastras, de tan excitado como estaba, y no tenÃa más remedio que correr para seguirle.
Cuando llegaron, entraron en el cementerio como una turba, inundándolo como una oleada. Y cuando pararon ante la tumba, descubrieron que llevaban muchas más palas de las que necesitaban, pero que a nadie se le habÃa ocurrido llevar una linterna.
A pesar de todo, se pusieron a cavar a la luz de los relámpagos y mandaron a un hombre a la casa más cercana —cosa de media milla para allá— a que pidiese una prestada.