Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn De modo que cavaron y cavaron como demonios. Y cada vez estaba más oscuro, y empezó a llover, y el viento sopló con fuerza, y menudearon los relámpagos, y retumbó el trueno. Pero aquella gente ni siquiera se fijó en ello, tan enfrascados estaban en lo que hacÃan. Y tan pronto uno lo veÃa todo, y todas las caras, y las paladas de tierra que salÃan de la fosa, como quedaba todo borrado por la oscuridad y no se podÃa ver nada en absoluto.
Al fin sacaron el ataúd y empezaron a desatornillar la tapa y, después, ¡cómo se apiñaban, se abrÃan paso a codazos, se empujaban para situarse y echar una mirada! Y en la oscuridad, asÃ, resultaba horrible. Hines me hizo mucho daño en la muñeca de tanto como tiró, de modo que supongo habrÃa olvidado por completo que yo estaba en el mundo, tan excitado y jadeante estaba.
De pronto, los relámpagos descargaron una verdadera sábana de luz deslumbradora, y alguien gritó:
—¡Por los clavos de Cristo, si la bolsa de oro está encima de su pecho!
Hines lanzó un alarido, como todos los demás, y me soltó la muñeca, dio un empujón para abrirse paso y ver, ¡y hay que ver cómo salà yo de estampÃa por la carretera en la oscuridad!