Las aventuras de Huckleberry Finn

Las aventuras de Huckleberry Finn

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Tenía la carretera para mí solo y más que correr volé, es decir, la tenía para mí solo, si no se cuenta la sólida oscuridad y los resplandores ocasionales, el zumbido de la lluvia, el ruido del viento, los chasquidos del trueno, ¡y como hay Dios que corrí!

Cuando llegué a la población, vi que debido a la tempestad no había nadie en las calles y no me entretuve en buscar callejuelas por donde meterme, sino que tiré adelante por la calle principal. Y cuando empecé a acercarme a casa, apunté la vista y la fijé. No había luz; la casa estaba a oscuras, lo que me apenó y me dejó decepcionado, sin saber por qué. Pero por fin, en el preciso momento en que pasaba por delante de ella, ¡apareció la luz en la ventana de Mary Jane!, y el corazón se me hinchó de repente.

Un segundo después, la casa quedaba a mis espaldas, en la oscuridad, y Mary Jane no volvería a estar jamás delante de mí en este mundo. Era la mejor chica que he conocido y la que tenía más arrestos.

En cuanto estuve lo bastante por encima del pueblo para comprender que llegaría a la punta de estopa, empecé a mirar con atención buscando un bote para llevármelo prestado. Y tan pronto como los relámpagos me dejaron ver uno que no estaba sujeto con cadena, lo cogí y empujé. Era una canoa, y solo estaba amarrada con una cuerda.


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