Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn La punta de estopa estaba la mar de lejos, allá en el centro del rÃo; pero no perdà tiempo y, cuando por fin llegué a la balsa, estaba tan cansado que me habrÃa dejado caer jadeando si hubiera podido permitirme semejante lujo. Pero no podÃa. Al saltar a bordo, grité:
—¡Sal de ahÃ, Jim, y suéltala! ¡Nos los hemos quitado de encima, gracias a Dios!
Jim salió corriendo hacia mÃ, con los brazos abiertos, de tanta alegrÃa que tenÃa; pero cuando le vi al resplandor de los relámpagos, me dio un vuelco el corazón y me caà al agua de espaldas, porque me olvidé que era el rey Lear y un árabe ahogado todo en una pieza, y por poco se me salta el hÃgado y la hiel del cuerpo de tan despampanante como fue el susto que me llevé. Pero Jim me sacó del agua e iba a abrazarme y bendecirme y todo eso, de tan gozoso como estaba al verme de vuelta y saber que nos habÃamos quitado de encima al rey y al duque, pero yo le dije:
—¡Ahora no! ¡Déjalo para el desayuno! ¡Déjalo para el desayuno! ¡Suelta amarras y a correr!