Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn Y a los dos segundos empezamos a deslizarnos río abajo, ¡y lo bueno que era sentirse libres otra vez, y estar solos en el gran río sin que nadie nos molestara! Tuve que saltar un poco, y brincar y chocar los talones unas cuantas veces: no pude remediarlo; pero, al tercer chasquido de talón contra talón, noté un ruido que conocía demasiado bien. Y contuve el aliento, y escuché, y esperé. Y, en efecto, cuando volvió a relampaguear sobre el agua, ¡ahí venían!, ¡dándole al remo y haciendo zumbar el esquife! Eran el rey y el duque.
Entonces me encogí, me dejé caer sobre la balsa y me di por vencido. Y trabajo me costó no romper a llorar.