Las aventuras de Huckleberry Finn

Las aventuras de Huckleberry Finn

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—Sería mil veces mejor que se maldijera a sí mismo, porque usted es el que más se lo merece. Desde el primer momento no ha hecho usted nada que tenga un adarme de sentido común, como no sea hablar, con tanta frescura y tranquilidad, de esa flecha azul imaginaria. Esa fue una idea luminosa… fue magnífica, y precisamente la que nos salvó. Porque, de no haber sido por eso, nos hubiesen metido en la cárcel hasta que llegara el equipaje de esos ingleses y, entonces… ¡a presidio sin remisión! Pero la treta les arrastró al cementerio y entonces el oro nos hizo un favor más grande aún; porque si aquellos badulaques no se hubieran excitado, no nos hubiesen soltado y no hubieran corrido a curiosear, esta noche habríamos dormido con corbata… corbatas de duración garantizada… corbatas que durarían más tiempo del que nosotros necesitáramos.

Callaron un rato, pensando. Después el rey dijo, como distraído:

—¡Hum! ¡Y creímos que los negros lo habían robado!

Eso sí que me hizo cosquillas.

—Sí —asintió el duque, muy despacio, muy deliberadamente y con sarcasmo—; esto es lo que nosotros creímos.

Al cabo de medio minuto, dijo el rey, arrastrando las sílabas:

—Yo sí, por lo menos.


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