Las aventuras de Huckleberry Finn

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El duque dijo, con el mismo tono:

—Al contrario… lo creí yo.

El rey pareció picarse y dijo:

—Oiga, Bilgewater, ¿a qué se refiere?

El duque dijo, bastante movido:

—Si a eso viene, tal vez me permitirá que le pregunte: ¿a qué se refería usted?

—¡Qué rayos! —dijo el rey, con mucho sarcasmo—. Pero… no sé… a lo mejor estaba usted dormido y no sabía lo que se hacía.

Ahora le tocó enfadarse al duque, de modo que dijo:

—Oh, basta ya de sandeces… ¿Me ha tomado usted por un tonto de remate? ¿Cree usted que yo ignoro quién escondió el dinero en el ataúd?

—¡No señor! Sé que usted no lo ignora… ¡porque lo hizo usted mismo!

—¡Eso es mentira! —gritó el duque.

Y se le echó encima.

El rey gritó:

—¡Suelte las manos!… ¡Déjeme la garganta!… ¡Retiro todo lo dicho!

El duque dijo:

—Antes ha de reconocer usted que sí que escondió el dinero allí, con la intención de dejarme plantado un buen día, volver, desenterrarlo y quedárselo todo.


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