Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn Era lo que precisamente querĂa yo que me dijese y era lo que habĂa estado intentando hacerle decir. QuerĂa estar libre para poner en práctica mi plan.
—De modo que ya te estás largando —dijo—, y puedes decirle al señor Foster lo que te dĂ© la gana. A lo mejor puedes hacerle creer que Jim es tu negro… hay majaderos que no piden documentos… por lo menos he oĂdo decir que en el Sur hay gente asĂ. Y cuando le digas que el cartelillo y la recompensa son falsos, quizá te crea cuando le expliques el motivo de que lo imprimiĂ©ramos. Vete ya, y dile lo que te venga en gana; pero ten mucho cuidado en mantener la boca cerrada entre aquĂ y allĂ.
De modo que le dejĂ© y empecĂ© a andar tierra adentro. No volvĂ la cabeza, pero adivinaba que me estaba observando. SabĂa, sin embargo, que a eso le cansaba y le ganaba yo. CaminĂ© tierra adentro tanto como una milla sin detenerme. DespuĂ©s retrocedĂ a travĂ©s del bosque hacia casa de Phelps. PensĂ© que lo mejor serĂa poner en marcha mi plan inmediatamente, sin pĂ©rdida de tiempo, porque querĂa taparle la boca a Jim hasta que aquellos hombres pudieran escaparse. No querĂa lĂos con los de su calaña. HabĂa visto cuanto habĂa que ver de ellos y deseaba verme libre de ellos definitivamente.